Cómics/Novela Gráfica

Aprender a Entendernos :: Aquel Verano, Jillian Tamaki & Mariko Tamaki


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Estoy enfadada con esta novela gráfica porque se ha inmiscuido de manera deliberada en mi pensamiento, porque ha acertado a describir situaciones sociales muy precisas acerca de cómo juzgamos a la mujer hoy día y porque además presenta dibujos de cosas que hasta ahora pensé que no podrían representarse con un par de trazos: epifanías, sensaciones de nostalgia, soledad, abrigo, etc. Me da rabia reconocer que  también sojuzgo a la mujer bajo el prisma de los roles que delimita mi sociedad y que a veces me ha costado reparar en que estaba siendo injusta con las de mi mismo sexo. Como Rose, la niña “pre-pubert” a la que seguimos en esta ficción, me he sentido amenazada por lo que se dice que hacen “las mujeres” y me ha costado reparar en su veracidad. Ahora digo, por paradójico que parezca, que la ficción que aquí nos atañe es más veraz que esas ideas agarrotando el pensamiento individual en nuestra sociedad. Considere el lector de este texto que en realidad digo que estoy “enfadada”con la novela, cuando en realidad quiero decir “alucinada”.

Recién celebrado el día de la madre, Ángulo Crítico recupera este libro, publicado en 2014 por la editorial First Second Books en Canadá y La Cúpula en España y que ha recibido galardones en todo el mundo. También esta nominada a mejor novela gráfica en los premios Eisner de cómic.

Sobretodo quiero analizar cómo de modo tan sencillo, Jillian y Mariko Tamaki consiguen postular aquello que debería cuidarse en el seno de la educación social contemporánea. Me refiero a la consideración del papel de la mujer como vaso conductor de la perpetuación de la especie, como elemento imprescindible en la constitución de la familia. Es verdad, la maternidad es un proceso biológico complejo, pero no debe ser ajeno a la mujer individual que lo experimenta y a las circunstancias de su vida en las que aparece este mandato de la naturaleza. Si no comprendiéramos que es a esa mujer, extraña como nosotros a los aspectos de la naturaleza, a la que le toca hacerse cargo de toda la creación, entonces ¿qué sería de la humanidad? ¿De verdad somos incapaces de entender al otro? Pues no. Hasta Rose, que es aún una niña, acaba comprendiendo todo aquel verano. Alcanzar ese significado final en el que no se aportan soluciones, pero sí una visión hermana de la mujer-madre es el toque final de una novela gráfica completa, en la que se hace al lector testigo del mito del verano eterno. Aquel que permanece en nuestra memoria: el verano de descubrimientos, de silenciosos momentos de arrullo cerca del mar o caminando entre la maleza. Esas memorias quedaron reclusas de un tiempo como el aire que se interna en el bosque más cercano. Incapaces de volver a aquellos momentos, en cambio siempre que visitamos algo en relación a aquellas memorias, somos capaces de verlos vívidos entre nuestros recuerdos. Vuelven como cuando la marea sube y rellena las zonas más secas de aquel círculo rocoso.

aquelverano_lectura_de_comicsLas protagonistas acaban de seguirle los pasos a dos nuevos personajes de su escenario veraniego y así mismo, los lectores seguimos las conversaciones y de las dos niñas, Rose y Windy. Estas conversaciones son todo lo que puede esperarse de dos adolescentes que quieren crecer y vivir nuevas experiencias, pero también hay algún espacio para plantear  cuestiones de raíz más compleja, como es esta de la maternidad. Repito, la maternidad como proceso de pérdida del “soy yo” a favor de lo trascendente de ese encargo de la vida. Rose tiene que afrontar los problemas entre sus padres mientras se  pregunta cómo el declive anímico de su madre ha podido tener lugar y si acaso tiene que ver con su incapacidad de tener más hijos.   Al contrario, en casa de Windy se vive una atmósfera muy diferente fruto de la relación entre Evelyn y su hija adoptiva. En las posturas y en las opiniones de Windy, puede verse a un individuo cuya naturaleza femenina esta en “Karma” con el de otras mujeres. Posiblemente por la educación que ha recibido; pues sabemos que ha ido a un campamento de mujeres lesbianas y que su madre es la única que se encarga de educarla, pero también porque lo percibe todo con otros ojos. Son unos ojos que parecen estar menos corrompidos por el poder, por la mediación de lo social y que comprenden mucho más al otro. Por otro lado el verano es para ambas el momento perfecto para olvidar, para huir de los esquemas, para hacerse camino por otro lado aún no explorado de la psique individual. Es cuando reflexionamos sobre nosotros mismos cuando nos encontramos también con los demás.

La autora y la dibujante de esta novela gráfica ya habían colaborado juntas en Skim (Grounwood Books, 2008 y La Cúpula 2009); describen delicados caracteres del entorno veraniego más reconocible por todos. Una pequeña choza en una población pequeña: la vuelta al mismo significa a su vez la vuelta a los instintos, a los recuerdos, a la vida en familia y a las amistades de verano. La vuelta al mismo dilata el tiempo y hace más pausado el paladeo de las cosas frágiles y etéreas: el agua peinándote el pelo mientras nadas, la luz del sol, etc. También podemos degustar símbolos que acompañan la suavidad de las acciones, cuya aislada presencia, a veces ocupando doble página, llaman la atención. Muchos de esos elementos se repiten a lo largo del libro  y ciertamente casan con el tema tratado: la maternidad asumida por ella misma y asumida por los demás. Tema que no culmina en conclusión alguna y que en cambio tiene su eco en la reiterada presencia del mar en la novela o del acto de sumersión de las protagonistas que nos recuerda al líquido amniótico esencial. Grácil, como las piernecitas de Rose, nuestro pensamiento se queda un rato flotando, encerrado entre el fondo del agua y la superficie, entre el “sí, quiero reconocer que lleva razón” y el “no, no la lleva en absoluto”.

La maestría de este libro y las emociones que provoca durante su lectura no pueden igualarse a este vídeo con el que culmino el texto, pero he de reconocer que además de compartir título, esta canción de Pepa Flores y la novela de las Tamaki comparten algunas coincidencias absurdas que nos dejan el paladar con sabor a mar, con sabor a amor.

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