Cómic y Novela Gráfica

Femdom y el Grindr :: “No Sé Quién Eres” de Cristina Portolano


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El pasado año se publicaron en Italia las aventuras sexuales en forma de cómic de esta mujer conectada a las redes sociales. “No Sé Quién Eres” (Ponent Mont) es su traducción en castellano y se trata de una autoficción basada en la experiencia de alguien que recorre un sin fin de relaciones sexuales diferentes con personas a las conoce a través de aplicaciones de ligar como Tinder, Grindr u Okcupid. Esta propuesta de la autora italiana Cristina Portolano, aparte de constituir una demostración del riquísimo mercado editorial del cómic de temática queer y crítica sexual, también constituye un hito en la forma y los temas que aborda. Relatado con toda la naturalidad que merece, cada viñeta, cada palabra devuelven las relaciones interpersonales al centro de la reflexión, para exorcizarlas de rutinas y normas adquiridas. A pesar del desmérito asociado a estas aplicaciones para ligar, aquí son el marco de estos intercambios sexuales sustituyendo la importancia de los antiguos clubs, las fiestas, los cines X, etc. En esa persecución del sexo por el sexo sin coyunturas emotivas, por puro hedonismo, sin etiquetas, se destruye la idea de un sexo sermoneado y maquillado de emotividad por el sistema capitalista que trata de robarnos –al margen de nuestro género y condición social– su poder terapéutico y catártico, desdeñando que se trate de un modo de distraerse de las preocupaciones y explorar las posibilidades de ser uno mismo. Por extensión, la red de ligues se plantea como el punto de partida para desarticular algunos de los roles más opresivos para la mujer.

El juego de la sexualidad se ha extrapolado a la vida. Aunque oculto, censurado, el sexo es lúbrico y permea en otros contextos sociales. En la actualidad la supremacía sexual sigue asociada al hombre y tan solo la cultura queer y el feminismo se enfrentan al reto de alterar este orden. Digamos que la sumisión nos está constando cara y para levantar cabeza hay que tomar otro rumbo. Al igual que las esferas de los negocios, la vida laboral, el hogar, las finanzas, las amistades, la familia, etc; el sexo debería estar bajo nuestro control y eso va por la mujer quien desde siempre ha aceptado ser la presa pasiva del hombre, según Lynne Segal (2015) sin disfrutar ni tomar parte en la afirmación de su propio ser tras la actividad heterosexual sugerida. La autora añade, a propósito de las primeras reivindicaciones feministas, “en aquellos años, muchas mujeres no solo descubrieron que podían intentar obtener placeres como los del hombre –casi–, sino que a pesar de la incertidumbre y la confusión que habrían de asumir, ellas perseguirían sus placeres del mismo modo” (2015 : 36, T. de la A.) Aparentemente desprotegida, la mujer que usa este sistema de búsqueda de pareja desconoce el riesgo que asume y juega con fuego, pero es que ella no necesita protección, entendido como un aviso moral que la previene de tomar su propio rumbo. Ella está ansiosa y no tiene vergüenza, como dice una canción de Christine & the Queens (“Five Dollars”) porque anteriormente el determinismo sexual y la moralidad habían construido una versión muy restringida de ella misma. Puede decirse que la mujer ha sido invitada a una fiesta, pero que una vez en ella se le ponen límites, ella se aburre, nadie la deja hablar, así que se marcha y construye sus propias leyes junto a otros damnificados por la sexualidad perjudicada.

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La mujer en el plano sexual del mundo capitalista, es un medio para la sociedad de producción. La constitución de la familia es una urgencia para el sistema económico en el que vivimos. Sin embargo este no es el único rasgo que nos constriñe. Una vez la mujer se libra de la dialéctica patriarcal, surge el feminismo y con él representaciones de mujeres con atributos hasta ahora solo asociados a un –pretendido– rasgo diferenciador: la masculinidad. El movimiento femdom (femme domination) –con látigo, arnés, tacones, etc;– demuestra que los actores pueden asumir roles masculinos y femeninos al margen de su género. Es más, que pueden asumir rasgos alternativos –que no corresponden ni a uno ni a otro género– y cuya fluidez e inestabilidad les impide quedar atrapados en la tiranía de la etiqueta. La prohibición del pasado respondía a un deseo por parte del hombre de poseerla como a un fetiche. Tan solo en contextos alternativos la mujer toma otros roles, pero el inframundo del sexo no puede apoderarse por más tiempo de esta primicia. La normalización de los tabúes nos ayuda a repensar la vida, superar la soledad y de paso entender que nada nos está restringido mientras sepamos respetarnos mutuamente.

Por otra parte, apelar a la sexualidad de la mujer y sus leyes pone entre interrogaciones creencias hasta ahora indiscutibles. Por ejemplo, se reclama que el orgasmo no es la finalidad, lo cual tiene como consecuencia la representación de una nueva pornografía de la medianía que sostiene el placer en un limbo pasional (tántrico) que debe ser, a su vez, consciente del tiempo. El alter ego de Cristina dice en el cómic: “Después del fin de mi relación, transitaba hacia un nuevo status quo” (105) Los lectores somos llevados hacia esa transición y seremos testigos de cómo la autora adopta una postura crítica con respecto al sexo convencional preocupándose de que le practiquen sexo oral, de concienciar a todas sus parejas sobre si ella ha llegado o no al orgasmo, cuanto le ha faltado y cómo puede ayudarla a conseguirlo sin temer la repercusión de esa postura. Aunque en el cómic Cristina –el personaje– no llega a convertirse explícitamente en una pro-domme, su transición hacia el nuevo rol la convierte en una predadora sexual, autosuficiente y libre frente a ese juego de roles que le evade de la realidad diaria y en el que no tiene que mostrarse remilgada, inocente e inexperta solo porque sea lo que algunos reclaman.

Parece ser que el sexo en la cultura esta siempre limitado por al moral. La mayoría de las veces se le cataloga como la pieza sórdida del conjunto, sobretodo si transgrede lo normativo y la mujer –fuera de los roles trazados para ella– queda desterrada en planos muy subversivos e inaceptables de la cultura, pero la mujer “sucia” solo puede aparecer incumpliendo las reglas del juego en la intimidad –coto vedado al plano ideológico–, ya sea follándose a alguien con un arnés o adoptando otro papel de dominio. Esto sí transgrede toda la dialéctica asociada a la feminidad y tiene la capacidad de relativizar a nivel general lo ladina y creativa que es la búsqueda del placer.

En este cómic tendremos el lujo de disfrutar de un personaje cuya independencia dinamiza una revolución más allá de “Sexo en Nueva York” o “Girls” (pongo estos ejemplos por que ilustran un retrato insulso de la mujer empoderada). Además las parejas retratadas en este cómic conviven, previo acuerdo, con la soledad y la nostalgia de nuestro mundo y saben reconocer la diferencia esencial entre sexo por amor y sexo sin amor –sin que el primero mire por encima del hombro al segundo. Por eso los preliminares –el chat–, aunque arrinconado por la sociología moderna, constituye el fundamento de la igualdad y la emancipación de estos personajes de la idea del amor cortés: “A partir de mañana, no nos veremos más” (79). Se trata de un papel que ambos participantes asumen en parte debido a que ella se asegura de que lo hagan mientras se opone a cualquier forma de compromiso –esas jaulas del sistema capitalista que oprimen a la mujer y la distraen en su camino hacia la liberación. En la narración, Cristina va asumiendo su papel progresivamente, lo que nos presenta una narración compleja en la cual hay una evidente evolución del personaje y de su microcosmos social.

Además de la definición de roles, está la reprobación de ciertas prácticas sexuales como parte del algoritmo de “saber comportase”, “saber ser sexualmente cuerdo”; etc. En definitiva, esas convenciones de acuerdo con la salud sexual constituyen una ética sexual de corte secular que ha funcionado como hacha castradora del deseo y la libertad. ¿Por qué está bien considerado hacer rafting o tirarse en paracaídas y sin embargo está tan mal visto el sexo de riesgo? No paramos de reincidir en la responsabilidad, la ética sobre la salud pública y las enfermedades de transmisión sexual, pero aparte de esto, ¿no es verdad que los tabúes también son construcciones sociales y que sobre la base del respeto y el acuerdo de ambas partes el sexo es creativo?

Para relatarse de un modo sucinto y directo, el cómic usa un estilo minimalista, centrado en las figuras, en interpretar las relaciones sexuales como una reconciliación humanística durante la cual el ser social escapa del grupo para conocer al individuo, huye de la teoría para encontrar lo particular. Así la estructura gráfica sigue un orden primero, lo vulnera después, repite la forma de la conversación digital y juega con la calidez cromática del rosa mientras utiliza juguetes sexuales para encabezar cada nuevo capítulo. En su preciosismo y su evocación del individuo como planeta o galaxia dentro una galaxia mayor que es la sociedad, este cómic recuerda un poco a la película “Her” de Spike Jonze (2014), así que si te gustó su onirismo y su cuidadoso empeño por neutralizar la barrera entre lo físico y lo emocional, lo humano y lo social, entonces te encantará descubrir “No Sé Quién Eres” de Portolano.

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